lunes, 14 de marzo de 2011

Cormac McCarthy

Cormac McCarthy. La carretera. Mondadori. 18’90 euros.



Tiempo atrás, al presentar su anterior y estupenda novela, ‘No es un país para viejos’ (Mondadori), ya les anunciábamos que lo mejor estaba por venir, nos lo contaba Enrique Murillo en ‘El País’: su última novela, ‘The road’ era una de las diez más vendidas en USA, “saludada por la crítica como la obra maestra máxima del novelista magistral, pero además ha sido tan bien recibida por los lectores que, apenas un mes tras su publicación, ya ha entrado en su segunda edición, con más de 150.000 ejemplares impresos”. La historia, escribía Murillo, “transcurre en un mundo literalmente quemado por lo que sin duda fue un reciente holocausto nuclear. Un padre trata de salvar a su hijo emprendiendo con él ‘el camino’ del título. Rodeados de un paisaje baldío, amenazados por bandas de caníbales, empujando un carrito de la compra donde guardan todas sus posesiones, atraviesan los lugares donde el padre pasó su infancia, recordada a veces en forma de breves bocetos del paraíso perdido, y avanzan hacia el sur, hacia el mar, huyendo de un frío ‘capaz que quebrar las rocas’. El niño tiene aproximadamente 10 años y el mundo sufrió un apocalipsis antes de que él tuviera conciencia. El padre le lleva de la mano por gasolineras abandonadas, supermercados desiertos donde tratan de encontrar latas de alubias, restos olvidados de alimentos, una lata de Coca-Cola cuyas burbujas, nuevas para el niño, constituyen un instante festivo en medio de la desolación. La historia estremece, pero tiene momentos de luz, muy fugaces, cuando narra la relación física y emotiva del padre y el hijo. En el mundo devastado, la imagen del hombre y el niño temblando, pegados, bajo la manta, adquiere una potencia que sin ser sentimental acaba emocionando”. Y señalaba Enrique Murillo la sorpresa de que “un libro así esté llamando la atención de tantos lectores en Estados Unidos (…), y sin duda contribuirá a reforzar la fama tardía de su autor. McCarthy vive en una caravana en algún rincón del sur de Estados Unidos, y se niega a toda clase de promoción de sus libros”. Después, The Road recibió el Premio Pulitzer. En marzo, la prestigiosa revista Forbes, le señalaba como uno de los tres más importantes creadores de tendencias culturales (el primer lugar lo ocupaba Thomas Pynchon, y el tercero Gary Shteyngart, de quien Alfaguara publicará en breve su novela ‘Absurdistan’, y del que les recomiendo leer http://www.granta.es/pdfs/planeta_gary.pdf su relato ‘El planeta de los judíos’, para abrir boca).

Nos la presenta en Babelia, con su habitual maestría, José María Guelbenzu, lean su reseña http://www.elpais.com/articulo/semana/Dios/ciego/sordo/elpepuculbab/20070908elpbabese_6/Tes/

Poco se sabe de la vida de McCarthy, le copio a César Rendueles parte de su nota biográfica, porque es la información más extensa que se puede encontrar: “McCarthy creció en Knoxville (Tennessee) en una respetable familia de abogados. Según él mismo cuenta en la única entrevista que ha concedido en toda su vida, no leyó un solo libro hasta los veintiún años, cuando se alistó en el ejército, lo destinaron a Alaska y sus alternativas de ocio se vieron drásticamente reducidas. Posteriormente pasó por la universidad, donde consiguió una beca que le permitió viajar por Europa y establecerse durante un año en Ibiza, en 1967. A continuación publicó su primera novela y se instaló en El Paso (Texas) donde, según se dice, vivió en moteles durante años hasta que se compró una diminuta casa en la parte trasera de un centro comercial. De las pocas cosas que se saben con certeza acerca de McCarthy es que siente un rechazo casi patológico a hablar de su vida, su obra o, en general, de literatura, no importa cuánto dinero le ofrezcan o lo mucho que lo necesite. Una de sus ex mujeres recuerda que durante una temporada de particular indigencia, cuando vivían en un granero a las afueras de Knoxville, “le llamaron de una universidad y le ofrecieron 2.000 dólares por hablar de sus libros. Él contestó que todo lo que tenía que decir al respecto era lo que había escrito. Así que seguimos comiendo alubias otra semana más”. En el imaginario literario de medio mundo, McCarthy es una especie de Unabomber de la novela.”

Aunque todavía no dispongo de la traducción de Luís Murillo Fort para Mondadori, he encontrado en la Web las primeras páginas traducidas por Juan Manuel Gómez. Así arranca ‘La carretera’:

Cuando despertó en medio del bosque, en la oscuridad y el frío de la noche extendió la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más negras que la negrura y días cada vez más grises. Como si la mancha de algún frío glaucoma alumbrara al mundo desde la lejanía. Su mano se relajaba con cada una de las exhalaciones de ese preciado aliento. Hizo a un lado la lona de plástico, se incorporó en las sábanas y cobijas malolientes, y buscó en dirección Este una luz, pero no había nada. En el sueño del que acababa de despertar él se encontraba en una cueva y el niño estaba a su lado tomado de su mano. La luz de su lámpara se extendía sobre las húmedas e irregulares paredes de piedra. Como personajes de fábula, perdidos en el interior de una bestia de granito que los hubiera engullido. Profundo caño de piedra donde el agua se arremolina y consume. Repiqueteando en el silencio los minutos, las horas y los días de la tierra y los años sin cesar. Hasta que estuvieron de pie en una enorme recámara de piedra en la que yacía un antiguo lago negro. Y en la orilla opuesta una criatura alzaba sus fauces aún chorreantes sobre los bordes de piedra y fijaba en la luz sus ojos muertos, blancos y opacos como huevos de araña. Balanceaba su cabeza sobre la superficie del agua como si percibiera aquello que no podía ver. Agazapada, sus pálidos, desnudos y traslúcidos huesos de alabastro se reflejaban en la sombra sobre las rocas a su espalda. Sus entrañas, su corazón palpitante. Las pulsaciones de su cerebro a través de un fanal opaco. Hacía oscilar su cabeza de un lado al otro, emitía un ligero gemido, volteaba; pendía en silencio en mitad de la oscuridad.
Con la primera luz grisácea sintió al niño y lo dejó dormir. Caminó hacia la carretera, se acuclilló y estudió la llanura rumbo al Sur. Yermo, silencioso, sin Dios. Pensó que era octubre, pero no estaba seguro. No había llevado un calendario por años. Se dirigían al Sur. No sobrevivirían otro invierno aquí.

Sigan leyendo en http://www.eluniversal.com.mx/graficos/confabulario/junio-03-07.htm

Como ya saben, la novela tiene como escenario un terreno baldío, un páramo carbonizado que es lo único que queda de lo que alguna vez fue Norteamérica. Ya no existe más vida sobre la tierra que la humana y los hombres se comen los unos a los otros. Un padre y su hijo recorren este mundo apocalíptico sin saber cuál es su destino. El protagonista recuerda los viejos tiempos, pero no sabe con certeza si esa memoria no es más que un mito, una necesidad de crear una historia fundacional que dé sentido a la desolación que le rodea.

‘El Cultural’ nos ofrece las primeras páginas de la novela, en la traducción de Luis Murillo Fort para Mondadori. Y comienza así:

“Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había. En el sueño del que acababa de despertar vagaba por una gruta y el niño lo llevaba de la mano. La luz de los dos bailaba en las húmedas paredes de roca caliza. Como peregrinos de fábula engullidos y extraviados en las entrañas de una bestia granítica. Humeros de piedra donde el agua goteaba y cantaba. Tañendo sin tregua en el silencio los minutos de la tierra y sus horas y días y años. Hasta que se hallaban en una enorme estancia de piedra donde había un lago antiguo y negro”.

Sigan leyendo aquí http://www.elcultural.es/Historico_articulo.asp?c=21214

En el siguiente diálogo el corazón se agarrota:

Estuvo mucho rato tratando de dormir. Al cabo se dio la vuelta y miró al hombre. Su rostro a la luz de la pequeña lámpara rayado de negro por la lluvia como un actor dramático de la antigüedad. ¿Puedo preguntarte una cosa?, dijo.
Naturalmente.
¿Nos vamos a morir?
Algún día. Pero no ahora.
Y todavía vamos hacia el sur.
Sí.
Para no pasar frío.
Así es.
Vale.
¿Vale qué?
Nada. Solo vale.
Duérmete.
Vale.
Voy a apagar la luz. ¿De acuerdo?
De acuerdo.
Y luego, ya a oscuras: ¿Puedo preguntarte algo?
Naturalmente.
¿Qué harías si yo muriera?
Si tú murieras yo también querría morirme.
¿Para poder estar conmigo?
Sí. Para poder estar contigo.
Vale.

También aparecía una buena reseña de Germán Gullón, a la que pueden acceder por el anterior enlace, y que se cerraba con unas breves notas de la insólita entrevista de McCarthy en el programa el Club del Libro de Oprah Winfrey, “la popular presentadora de la televisión y hada madrina de la sensiblería contemporánea”. Escribe Gullón: “El 5 de junio el plató del enormemente popular show de Oprah Winfrey recibía a un escritor que apenas había ofrecido entrevistas con anterioridad, y mucho menos en los estudios de una televisión. Cormac McCarthy agradecía tal vez así a Winfrey la inclusión de La carretera, su última novela, en el club de lectura de la presentadora, garantía segura para convertir en betseller al más aciago manuscrito. Tras justificar su alergia mediática alegando que le resultaba más satisfactorio escribir libros en lugar de hablar sin parar sobre ellos, el hasta ese momento tímido autor daba al fin su punto de vista sobre una serie de cuestiones. McCarthy declaraba en el programa su búsqueda de la perfección (“a uno le queda siempre la esperanza de que cada día va a hacer algo mejor de lo que ha hecho jamás”), se revelaba como un tipo sencillo, ajeno al victimismo tan frecuente en el gremio (“algunos escritores han dejado dicho que no soportaban tener que escribir; que para ellos era una carga; yo no comparto ese sentimiento”) y mostraba un optimismo inesperado que en ocasiones puede adivinarse en sus obras (“la vida es algo magnífico, incluso cuando todo parece ir mal; deberíamos estar agradecidos”).”

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